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Samuel Finley Breese

Samuel Finley Breese Morse nació el 27 de abril de 1791 en Charlestown, Massachussets. Tenía una familia de antiguas tradiciones puritanas.

Su padre era un clérigo protestante llamado Jedidiah Morse, el cual fue uno de los geógrafos más relevantes de América en los tiempos posteriores a la independencia. Samuel Morse comenzó sus estudios en la Academia Phillips de Adover y después se graduó en la Universidad de Yale en 1810. Decidió orientarse hacia la pintura y estableció su estudio en Nueva York. Sin embargo, también se interesaba por los descubrimientos que surgían en su época y los experimentos relacionados con la electricidad. Morse fue, pues, un hombre polifacético.

Por un tiempo, Morse trabaja en Boston para un editor. Luego, en 1811 se va con su amigo y maestro Washington Allston a estudiar pintura en Inglaterra. Allí será el discípulo del importante pintor americano que reside en Londres: Benjamin West. Después de una temporada de practicar y aprender junto a West, consiguió convertirse en pintor de escenas históricas. Las lecciones que le impartió su maestro fueron, sin duda, bien aprovechadas. Y es que el 13 de octubre del mismo año, recibe la medalla de oro de la Sociedad de Arte, gracias a la obra: “Muerte de Hércules”.

Pero a parte de su pasión artística, mientras estudió en Yale, observó, entre otras cosas, que si se interrumpía un circuito se veía un fulgor. Entonces llegó a la idea que esas interrupciones podían llegar a usarse como un medio de comunicación. Además, también inventó una bomba a presión adaptada para los servicios contra incendios. Antes de triunfar verdaderamente, pasaría años difíciles. En Boston conoce a su futura esposa, Lucy Walter. Se casan meses después y se van a vivir a Charlestown primero, y después a New Haven. En esos tiempos, Morse trabajaba de forma incansable, pero no conseguía obtener un seguro material para su mujer y sus tres hijos. No obstante, en su país natal, se dio cuenta que los cuadros de escenas históricas no tenían mucha fama. En aquel momento fue cuando decidió especializarse en el retrato Por fin, en la Nueva York de 1825, Morse se convierte en uno de los retratistas más famosos del país y gusta de frecuentar los grupos intelectuales más distinguidos. Fue uno de los fundadores y primer presidente, junto con John William Drapere, de la Academia Nacional de Dibujo. En cuanto a su obra pictórica, su cuadro más popular es un retrato de La Fayette, que realizó en 1825. El Marqués de La Fayette fue su primer cliente famoso y gracias a ello la fortuna de Morse empezó a cambiar.

En 1829 va a Europa y se establece en París. Se convierte, pronto, en uno de los miembros más activos de la colonia de artistas americanos. De vuelta del viaje a Europa, en 1832, nuestro artista-inventor oyó hablar de la posibilidad de transmitir impulsos eléctricos a través de cables. En aquel momento decidió compaginar las ganas de utilizar este medio para enviar mensajes inteligibles, con su carrera artística y además, con la aparición (en ocasiones) en la política municipal de la ciudad de Nueva York. De este modo, Morse defendía sus particulares teorías contra la inmigración, la diversidad racial y la religión católica. Al ser profesor de Bellas Artes, en la Universidad de Nueva York, entró en contacto con diferentes expertos en electromagnetismo, los cuales le pusieron al día sobre el estado de la técnica. 

En el año 1832, ya tenía diseñado un incipiente telégrafo y empezó a pensar acerca de un sistema telegráfico de alambres con un electromagneto incorporado. Al año siguiente, consigue realizar su primera demostración en público con su telégrafo.

Cuando tiene 41 años, construye un telégrafo práctico, el cual recibe una muy buena acogida por parte del gobierno y también del público, en general. Aparece el primer modelo telegráfico, en el año 1835, realizado por Morse.

Al cabo de dos años, decide dejar su pasión por la pintura y se dedica por completo a sus diversos experimentos. En el mismo año, 1937, tiene la suerte de encontrar un socio que lo apoya en lo técnico y también en lo financiero, con el fin de desarrollar un sistema de telégrafo. Éste comunica mensajes a través del que será mundialmente conocido como alfabeto Morse. Se trata de un código telegráfico, en el que los caracteres y las diversas funciones son representados por grupos de rallas y puntos, separados por intervalos de longitud variable. El autor perfecciona el código de señales en 1838. El artífice del invento prueba de implantar líneas telefónicas, al principio en Estados Unidos y posteriormente en Europa. Sin embargo, no obtiene éxito alguno, por el momento. Pero al fin, Samuel Morse consigue que ante el Congreso de su país se presente un proyecto de ley para proporcionarle 30.000 dólares con el fin de construir una línea telegráfica de 60 kilómetros de longitud. Al cabo de unos meses, se aprueba el proyecto y la línea se extiende a lo largo de 37 millas entre Washington y Baltimore. El día 24 de mayo de 1844 la línea consigue transmitir el popular e histórico mensaje de Morse: “¿qué nos ha enviado Dios?

El invento del telégrafo eléctrico empezará pronto a ser desarrollado en otros países de forma simultánea. También será desarrollado por otros científicos, a parte de Morse, hecho por el cual el artífice de la obra tendrá que luchar a capa y espada para poder obtener los derechos del sistema, los cuales le pertenecen. Tras una dura batalla, Samuel Morse consigue, al fin, que estos derechos sean reconocidos por la Suprema Corte de los Estados Unidos de América, en el año 1854.

El genial artista e inventor consiguió convertirse en uno de los personajes más ricos y famosos de su tiempo. De este modo, pronto decide destinar parte de las ganancias obtenidas en comprarse una gran propiedad. Durante los últimos años de su vida, se dedicó a realizar distintas obras de carácter filantrópico, otorgando importantes sumas de dinero a la Universidad de Yale y también al Vassar Collage, entre otros. Además ayudó a diferentes asociaciones misioneras y de caridad. Finalmente, Morse fallece serenamente el 1872 en la ciudad de Nueva York, mientras un médico que le atendía, le decía para animarle: “así telegrafían los médicos”. El paciente sólo tuvo tiempo de decir “Bom”, su última palabra.

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